viernes, 30 de enero de 2015

¿Partido político o movimiento psicosocial?

Partimos de definición de movimiento psicosocial: Una primera tarea importante en este campo ha sido el esfuerzo por ofrecer una definición de “movimientos sociales” que ayudara a resaltar su singularidad y, al mismo tiempo, los distinguiera de otros actores colectivos, ya sean partidos políticos, grupos de interés u Organizaciones No Gubernamentales. Así, podemos remitirnos a una ya vieja fórmula recogida por Charles Tilly (1984), según la cual son “una prolongada serie de interacciones entre quienes ostentan el poder y personas que reclaman con éxito hablar en nombre de sectores que carecen de representación formal, en el curso de la cual esas personas hacen públicamente visibles demandas de cambios en la distribución o ejercicio del poder, y justifican esas demandas con manifestaciones públicas de apoyo”; o también a una reciente de Pedro Ibarra, Ricard Gomà y Salvador Martí (2002), para quienes se trata de “un actor político colectivo de carácter movilizador que persigue objetivos de cambio a través de acciones -generalmente no convencionales- y que por ello actúa con cierta continuidad a través de un alto nivel de integración simbólica y un bajo nivel de especificación de roles, a la vez que se nutre de formas de organización variables”); o, en fin, a la de Sidney Tarrow (1998), el cual los describe como aquellos “desafíos colectivos planteados por personas que comparten objetivos comunes y solidaridad en una interacción mantenida con las elites, los oponentes y las autoridades”). En estas y otras definiciones coincidirían los rasgos de desafío, acción colectiva, conflicto, cambio, organización duradera y formas de acción principalmente no convencionales para determinar la especificidad de unos actores cuya identidad colectiva no sería el punto de partida sino, más bien, el de llegada –y siempre en reconstrucción- a medida que se genera un “consenso de trabajo en común”, no incompatible con su diversidad. A todo esto se suma la necesidad de que esos movimientos tengan como propósito compartido la denuncia de uno u otro marco de injusticia que pueda verse manifestada en los espacios públicos (de ahí que hayan tendido históricamente en muchos casos a ampliar esa esfera pública introduciendo nuevos temas considerados hasta entonces como “privados”). Es así como los movimientos sociales se han ido construyendo social, política y culturalmente como agentes de expansión de lo posible y, por tanto, con voluntad de modificar las agendas políticas y las creencias colectivas o el “sentido común” dominantes. Partiendo de esa especificidad compleja se puede distinguir más fácilmente un movimiento social de otros actores políticos y sociales, como los partidos, los grupos de interés y de presión o las ONG, aunque no siempre las fronteras sean claras en la práctica. Así, los partidos se caracterizan generalmente por ofrecer programas globales orientados principalmente al acceso y al ejercicio del poder político, privilegiando por tanto el ámbito electoral e institucional; los grupos de presión se formalizan con el propósito de influir en el sistema político para la defensa de los intereses de sectores sociales determinados y recurren generalmente a formas de participación convencionales; y las ONG, si bien en muchos casos colaboran o participan en acciones colectivas de protesta o de presión, buscan preferentemente poner en práctica propuestas y proyectos relacionados con los fines altruistas que suelen postular. Una vez establecidas estas distinciones, la clasificación de los movimientos sociales puede ser también muy variada. Se suele considerar “viejos movimientos sociales” a aquéllos que, como el movimiento obrero, el campesino o los de liberación nacional, han tenido que ver con líneas de fractura que surgieron simultáneamente al desarrollo del capitalismo y a la formación de un sistema de Estados. Estas tenían que ver con la contradicción entre capital y trabajo, con el proceso de industrialización y la desestructuración del campo o con las relaciones jerárquicas o de dependencia entre Estados y naciones. “Nuevos” movimientos sociales, como se ha indicado antes, son principalmente los que surgen en el marco de la crisis de la Modernidad y del paso a primer plano de nuevas contradicciones, como es el caso del movimiento feminista –denunciando las relaciones desiguales ligadas a un sistema de dominación patriarcal-, el ecologista –alertando frente a las consecuencias del industrialismo y del “produccionismo” en el conjunto de la biosfera- o el pacifista –rechazando la dinámica de militarización del planeta en la era nuclear. Finalmente, se ha dado en denominar “novísimos” movimientos sociales a aquéllos asociados a la crítica de la “globalización” a partir de mediados de la década de los 90, adoptando en este caso un carácter multidimensional y por ello definidos también como un “movimiento de movimientos”. Obviamente, también cabe hablar de “contramovimientos sociales”, entendiendo por tales aquéllos que desarrollan acciones colectivas destinadas a impedir y oponerse a los cambios y a las demandas procedentes de diferentes movimientos sociales. Existen también otros movimientos cuya ubicación en la clasificación anterior es aleatoria en función de cuáles sean las demandas o las protestas que generen su acción colectiva: Los movimientos vecinales pueden responder a problemas relacionados con las condiciones de vida de la clase trabajadora (vivienda, transporte...), a determinados proyectos que afectan directamente a su espacio local (en estos casos se les define como movimientos “nimby” (“not in my backyard”, no en mi patio trasero)) o, en cambio, con “contramovimientos” de tipo racista o ligados a la exigencia de mayores controles y restricciones de libertades para determinados grupos sociales en los espacios urbanos públicos desde una concepción reduccionista de la “seguridad”. Los movimientos estudiantiles, de carácter más espasmódico debido a la renovación periódica que se produce en su medio, tienen que ver generalmente más con los “nuevos” movimientos sociales pero otras veces pueden adoptar las formas de un sindicato tradicional. Los movimientos “okupas” y de solidaridad internacional tienden, por el contrario, a compartir rasgos tanto de los “nuevos” como de los “novísimos” movimientos sociales. Los movimientos de inmigrantes, en fin, comparten rasgos del viejo movimiento obrero (lucha por una jornada laboral y un salario dignos...) con otros de carácter político o cultural o de denuncia de la fractura Norte-Sur que tienden a insertarles dentro de los “novísimos” movimientos sociales.

1 comentario:

  1. Asi se deduce que podemos, no es mas que un movimiento sicosocial y no un partido político, al cual va a converger por interés de sus creadores.

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